lunes, 13 de junio de 2011

la inspiración...

Para aquellos que se preguntan de dónde hemos sacado estas locas ideas, les dejo el link en el cual pueden leer el cuento de Echeverría, máxima fuente de nuestra inspiración. http://bib.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/bna/35716141212359052976613/p0000001.htm#1

martes, 7 de junio de 2011

¡Con que en el matadero, no!...

Como parte de este proyecto realizamos un video titulado ¡Con que en el matadero, no!, pero realmente se volvió un trabajo harto provocador, incluso para nosotros que a consciencia lo fuimos construyendo. No lo subimos al blog porque la calidad no nos lo permite, aunque bien podríamos subir una versión de pésimo nivel, pero nuestra intención es presentarlo el viernes con quien desee verlo, no nos gustaría publicarlo acá. Realmente nos quedó bastante fuerte.

lunes, 6 de junio de 2011

El zócalo

Sepan cuantos historia de esta ciudad quieran conocer que no fue un día especial en que aconteció algo que me hizo mucho ruido. Fue un día normal: las calles del centro atestadas, el zócalo lleno de vendedores, entre los vendedores de talento se encontraban los payasos; entre los payasos, Parna. Una hora después, él y sus compañeros, cuyos nombres no mencionaré por no llenar el relato de indescifrables epítetos llenos de aguda malicia, se encontraron en “La muñe”, la casa donde se realizaba la labor última de destazo.


El zócalo de esta ciudad es una explanada con forma de “L”, en cuyo vértice suelen reunirse familias en un gran círculo para observar el espectáculo de los payasos. Éstos llegan al rededor de las 10 de la mañana y se turnan haciendo malabares, destrezas equívocas a propósito, chistes infantiles con toques rojos, albures que para los niños no lo son y globos con figuritas que regalan a diversas muchachas lindas y niños. Es una fiesta dominguera familiar.


Corría el solazo veraniego de medio día. Era el grandísimo año de nuestro Señor de Michoacán, período en que gobernaba el Rey Don Felipe C1. A esa hora del día, y con ese calor, los raspados podían verse por todo el círculo humano. Allá, una niña de cinco años sorbía uno de limón; en la bocina de los payasos, la nena pequeñita lloraba porque no le compraron uno; junto al vendedor, dos niños medio desarropados le echaban agua al vaso que contenía el frío jarabe; más allá, a la orilla del zócalo, pero en la parte más próxima al círculo, había una fuente en cuyas mugrosas aguas jugaba un grupo de niñas con desechables vacíos. No faltaban, sin embargo, los jóvenes dándole paleta de nieve o helado a la novia en la boca, el niño sudoroso comiendo esquites a lado de la madre soltera y distraída, de labios carnosos y profundamente rojos, la madre golpeando al hijo berrinchudo, el vendedor que le decía puta por lo bajo a una cuarentona gritona, la pareja que discutía, el chico sin playera que tenía el hombro entroncado con el brazo, el antebrazo con la mano y la mano con un trapo lleno de pegamento PVC pegada a la boca.


El zócalo, y todo lo que ahí ocurría, había sobrevivido a muchos domingos realmente malos; de crisis. El calorón de los años de nuestro Señor de Michoacán hizo que mucha gente perdiera su trabajo con la enfermedad del Coco, la cual era altamente infecciosa. Los supermercados, los negocios amplios, las plazas, eventos deportivos, conciertos, restaurantes, cualquier actividad colectiva fue quedando poco a poco en la ruina. Se hicieron despidos masivos y los puentes se llenaron de protestas y los remedios subieron de precio y no había comida en la calle y hubo escasez de medicina; los ranchos de las periferias comenzaron a sacrificar a sus reses para poder sobrevivir con la poca carne buena que les quedaba a esos animales. Fueron muriendo poco a poco los enfermos en hospitales; y los niños empezaron a irse cada vez más jóvenes a la búsqueda de la fortuna en otras tierras; y los que se quedaron hicieron ejércitos en las calles. Hubo robos por toda la ciudad e inexorable violencia en crecimiento. Muchos se olvidaron de la enfermedad sin darse cuenta. La mayoría culpaba a los disidentes de una de las empresas venidas a menos, quienes tenían prolongados plantones en diversos puntos de la ciudad. Lentamente se recuperó el ritmo. La gente aprendió a convivir entre la violencia.


Por fin había llegado la primera quincena de aquel mes y los payasos recuperaban su trabajo, sería un buen día. Incluso tres hombres de un plantón cercano se acercaron a verlos. Estaban felices, como libres. Podían comprarse una buena tarde en el zócalo, reírse y pagarlo todo.


Uno de los payasos tomó el micrófono con una mano, mientras sostenía con la otra una rosa hecha con globos y de un tamaño descomunal. “Esta se la vamos a dar a la niña que venga corriendo y...” ya muchas pequeñitas corrían emocionadas al centro del lugar para arrebatar el premio “...me de un beso en la boca” concluiría, si lo hubiesen dejado, pero no concluyó. Pronto Parna y sus colegas dispararon contra él. El payaso “Gumi”, quien vendía deliciosos dulces de químicos sintetizados, llegados a él por el bando contrario al de Parna, murió instantáneamente, pero ya lo destrozaban con los 8 tiros de la ..357 y luego con la ráfaga de una UZI, ésta era la marca de Parna. Mató a su primo, el Gumi. Antes de dejar su huella personal, ya dos compañeros habían caído por las balas de otros payasos que estaban armados, pertenecían al grupo de “Los secos”. La gente corría desesperadamente. Parna, eufórico, no paraba de matar perros como él los llamaba. Si eran como él, si se pudrieron como él, si así iba a morir él, “entonces no son humanos -decía-; somos perros”, “...matarlos como perros, total, uno de estos días nos la pasamos igual. Ni quién nos llore, ni quién se tiente el corazón con un arma frente a nosotros. Somos perros -rectificaba”. Dos impactos de bala vinieron a dar en la cabeza de un niño que comía esquites. Los calibres expansivos no le volaron la cabeza, se la deshicieron. Su sangre se mezcló con el caldo de los esquites y los granos de maíz se tiñeron de vino. Fue un charco impresionante.


La gente corría desaforadamente. Y más de una, por el morbo de detenerse a voltear, por el miedo que deja tieso o simplemente por la mala suerte, se fue cayendo entre las jardineras del zócalo. Algunas heridas de bala, otras heridas por la multitud, atropelladas; las más, con intención de esconderse, caídas por un tropiezo. Dos señoras de ojos claros rezaban detrás de una estatua. Una viejita que vendía botanas, al mirar su puesto caído por las balas, se escondió tras su banca. Dos jóvenes se metieron al baño portátil, que se volteó por su brío y embarrados de mierda sobrevivieron a la matanza. Entre gritos, balas, groserías, llanto y demás, se distinguía la voz de un hombre que gritaba como loco “¡Allá van, allá van!, ¡No nos hagan nada!” cuando pasaron corriendo los que él consideraba sicarios, su miedo lo mató. Parna le ordenó a un chico de diecisiete años que iba con él “tráete a ese hijo de su puta madre, vamos a darle una calentada”. En cuestión de minutos, había llegado a su clímax y finalizado aquella hecatombe. La última muerte de la plaza fue la del payaso “Cometa”. Parna lo levantó del cabello y Chema le cortó la cabeza con un cuchillo de unos cuarenta centímetros de largo, a la vez que le decía con toda lentitud pero lleno de rabia “Ésta va por mis compas, pendejo”.


Algunas personas miraron desde sus trincheras. Pocos veían el cuerpo sin cabeza de aquel niño de los esquites. Y todos se quedaron en silencio cuando Parna y sus dos compañeros sobrevivientes llevaron arrastrando los cuerpos de los payasos, que antes los hicieron reír, hasta una camioneta estacionada en el fondo de la parte más estrecha de la “L” que formaba el zócalo. Chema jaló de los cabellos el cuerpo de “Gumi” y le dijo a Parna “Mira, le dijimos a tu primo que no hiciera chingaderas...” y los tres comenzaron a reírse. También subieron, por igual, los cuerpos inertes de sus acompañantes fallecidos. El de diecisiete años regresó a una jardinera y desde ahí arrastró al señor que antes gritaba. Muchas personas escondidas fueron extasiadas por su morbo y lo que acababa de ocurrir. Se podría decir que disfrutaban el hecho de que se llevaran a ese “hocicón”.


Encendieron la camioneta. Atrás iba el más joven con el señor gritón envuelto en cinta canela, gimiendo y llorando y escurriendo sangre de la boca, pues le cortaron la lengua. Parna conducía. Chema iba a su derecha. El chico les pasó unas cervezas que venían en una de las hieleras desechables donde iban a meter los cuerpos por partes. Alterados, con ganas de reírse y gritar, las bebieron de un trago. Sacaron cocaína “Ésta nos va a poner a toda madre -dijo Chema- lo que nosotros traemos no es como la mierda de estos pinches secos”; enseguida hizo ademán de ofrecerle coca al señor envuelto. Volvieron a reírse, satisfechos.


Aproximadamente a los veinte minutos, estaban en la entrada de “La muñe”. Bajaron los cuerpos y se los presentaron al jefe. Por los cuerpos de los amigos, se mandó al muchacho a avisar a la familia, llevar dinero y ver qué se necesitaba para enterrarlos como debía ser: como guerreros -decía el jefe-, como perros -pensaba Parna. De los otros se encargaron los burrones, que eran gente que hacía muy bien ese trabajo. Parna no lo hacía, pero siempre veía cómo caía cada brazo, cada mano, cada pie, cada cabeza, cada pierna. Así fue con todos, incluso con su primo. Luego Chema los metió uno a uno en las hieleras. Parna colocó una cartulina ensartada por un clavo en la que estaba el cuerpo de Gumi. La cartulina decía: “Para q cepan el quien manda aki/ putos ijos de la berga/ viva el jefe de jefes/ S. M.”


Las subieron a la camioneta y todo estaba listo para la entrega. Pero faltaba el fulano que gritó en el zócalo. Decidieron divertirse un rato con él. Chema sintió las coquillas en la quijada, la excitación. “A que no le cortas el pito, pinche Parna”. No hubo que decirlo dos veces. Sacó la navaja. El hombre no podía gritar, casi había perdido la consciencia. “¿Te gusta ser un puto hocicón, eh? ¿te gusta andar de chismoso, no?”. No dio señales de vida en el momento, pero luego vieron cómo se orinó cuando Parna le bajaba el pantalón. Dejó de moverse antes del navajazo. Ya había muerto. Parna introdujo la navaja, sintió la sangre, el metal penetrando, la excitación: el miedo.


La parte más larga de la “L” comprendía la fachada del palacio de Gobierno. A sus pies había sucedido la matanza. El zócalo estaba lleno de camionetas de fuerzas especiales, uniformados, botas, sangre, cuerpos, olores mezclados con emociones y muchas ambulancias. No permitían el paso. A la vuelta, donde se encontraba la entrada administrativa del Palacio, se detuvo una camioneta aproximadamente tres horas después del trabajo realizado. El chico de 17 años bajó las hieleras. Se subió a la camioneta y se fueron a sus casas a esperar la próxima llamada pa' chambear.


En aquel tiempo, los sicarios de la ciudad, carniceros de AK47 Y R-15, imponían la soberanía del poder: el narcotráfico, a todos los que consideraban hocicones, que podría ser cualquiera no reclutado en sus filas, según el juego establecido por su majestad Felipe C.




1Luego del fallecimiento de Felipe XCIX (noventaynueve), lo sucedió su compañero de “Casa”, Don Felipe Cien.

Café express

Difícil es tratar de definir la literatura, primeramente tendría que decir que la literatura es social, para cada época a lo largo de la historia ésta ha tomado un papel diferente. Pensemos, por ejemplo, en La odisea, esa rara y máxima obra que cuenta las hazañas del héroe mezcladas con mitología, es literatura a pesar de no haber contado con tinta ni papel donde fuera plasmada, ahí cuando la literatura todavía era oralidad y memoria. Muchos siglos después tenemos los escritos del XV y XVI siempre, o por lo menos la mayoría, al servicio de la monarquía, una literatura dirigida a que los lectores pensaran tal o cual cosa y como consecuencia actuaran de cierta forma. Es importante mencionar justo en este punto, la importancia que tuvo el descubrimiento de América y su conquista, pues la literatura escrita en este lado del mundo por los oriundos del continente estuvo fuertemente marcada por dichos acontecimientos: por un lado la tradición precolombina siguió vigente en estos textos así como también el coraje y el dolor de un territorio dominado, conquistado, casi exterminado.



Un poco más tarde, en los siglos XVIII y XIX este magnífico medio de comunicación comenzó a utilizarse como crítica, la sátira y otros géneros dieron la pauta para que a través de las letras y gracias al anonimato se pudiera decir aquello que pensaba la mayoría y que tanto molestaba a la minoría.





Las guerras de independencia, la lucha por la libertad y finalmente la emancipación americana frente a Europa impulsaron a los intelectuales a escribir una literatura combativa, en contra de la tiranía, de la barbarie, de la violencia que desangra desde entonces a nuestro continente.



El matadero de Esteban Echeverría, es un texto especialmente cargado (así como un café express) de su ideología política y digo que como café, porque es poco pero sustancioso, cada una de las palabras, las figuras,el tiempo narrativo que utiliza, van siendo entrelazados para darle un carácter y un ritmo al cuento, la sangre que se derrama y el destazamiento de la carne anhelada, lo grotesco, lo exagerado, lo hiperbólico, lo hacen único y nos despiertan sentimientos viscerales.



No creo ser la única que piensa así de este cuento, si tardó 40 años en ser publicado oficialmente, es porque , la cosa estaba dura en Argentina, con Rosas al mando era muy poco probable que después de escribir el matadero, Echeverría pudiera andar tan quitado de la pena paseando por las calles del puerto.



¿Lo ven? la literatura es primordialmente social, yo digo que es como un espejo donde se refleja la sociedad en la que es escrita, es como una ventana hacia la cual podemos asomarnos y ver las condiciones políticas, económicas, e inclusive culturales en las que se encontraba la suciedad -digo, sociedad- en dicho momento.



Gracias a que perdura y gracias al papel, aunque a veces escaso, se rompe esa barrera temporal que nos separa de grandes pensadores de otros siglos. Y podemos conocer las luchas sociales que han tenido otros hombres por medio de la literatura, así es el matadero de Echeverría, es claro, conciso, va directamente al grano y reprocha la barbarie que se ejercía durante el gobierno rosista, la poca comprensión que había hacia el otro; los carniceros se alejan por completo, así como los federales, de la condición humana que une a nuestra especie. Y matan, y la sangre brota y se escurre por las calles de Argentina, como ahora en las de Cd. Juárez, o Guerrero en nuestro país, se han olvidado también aquí, que antes de pertenecer a cárteles, pertenecemos a una misma raza.